De la conquista...
Los viajes planeados desde la península Ibérica al
nuevo mundo fueron concebidos sin una meta distinta más que la conquista. Sin
saber que no se había encontrado una
nueva ruta para llegar a la India, sino una tierra que no conocía la existencia
de la piel blanca, de los caballos y de la viruela; los españoles acometieron
con todo lo necesario para concretarse como los poseedores y administradores y
esta ventaja comercial que los colocaba a la vanguardia de Europa.
Los
conquistadores, con la mente fija en el apoderamiento de su descubrimiento, se
consolidaron ante los locales como “auténticos” dueños, de manera tal que
pareciese que esa tierra siempre los hubiera estado esperado, tan es así que,
sin remordimiento, la llamaron la Nueva España. Asimismo, entre más penetraban
en la nueva tierra mayor era su ansia de expansión, no había obstáculo, no
había conciencia, no había piedad.
El
camino de los conquistadores era fácil de seguir, siempre dejaban una marca, un
signo de su presencia: una estela de sangre, una señal de humo o los alarmantes
gritos de desesperanza de todos aquellos impotentes aborígenes (mal llamados
indios) que contra la pólvora y el cañón, sólo un mazo y un dardo. Pero la
crueldad aumentaba cuanto más se alimentaban de la sangre reyes y generales
tlatelolcas y tenochcas; no bastó con robarles el oro, la plata y el jade, los
conquistadores les robaban la dignidad a todos, ya que fueron vendidos al mejor
postor a cambio de simples tortillas y salitre; les fue substraída la sonrisa y
la inocencia a los niños, las mujeres fueron usadas para el placer sexual y
desechadas; todo lo que contenía esta riquísima tierra, absolutamente todo, no
tenía más que el valor de mercancía al servicio de los
destrozadores-conquistadores y la corona española.
Los de
Chiconauhtla, Xaltocan, Cuauhtitlan, Tenayucan, Azcapotzalco,
Tlacopan, Coyoacan y los de todo el continente no solo vieron destruidos ya
sólo sus ciudades y pueblos sino los cimientos de su cultura. Los españoles se
asentaron en los establecimientos locales y, junto con los misioneros
católicos, socavaron la cultura autóctona, trasladando o cristianizando los
elementos de las tradiciones locales que parecieran ciertamente compatibles con
las europeas; aunque, se podría decir que las primeras nunca fueron abandonadas
creando un sincretismo que no es ni de aquí ni de allá.
La
imposición española no fue asumida con sumisión, con excepción de algunos
pueblos que sí se aliaron con los españoles como los Tlaxcala. Los aborígenes
lucharon y defendieron con todas sus fuerzas, incluso, dando su vida por la
preservación de lo suyo, pero a los españoles
y a los aztecas los dividía un abismo tecnológico que no se nivelaba por
más convicción que tuvieran los verdaderos dueños de estas tierras. Y así, el
proceso se volvió irreversible, de modo que hasta hoy en las conciencias de los
latinoamericanos actuales existe un complejo de inferioridad, o por lo menos un
remanente, frente a los europeos que se ve reflejado en la falta de creatividad
para formular iniciativas propias sino que se copian propuestas hechas para
aquellas latitudes y que poco o nada tienen que ver con nuestra realidad.
Comentarios
Publicar un comentario